Mi práctica parte de un estado donde el pensamiento cede a la experiencia directa. No como concepto, sino como hecho físico: el cuerpo presente, la materia respondiendo, el tiempo suspendido. Es el mismo estado que encontraba de niña bajo la lluvia, recolectando piedras o estando bajo el agua, y que hoy alcanzo en el acto de pintar, en la reconfiguración de elementos físicos para crear instalaciones, y en el desplazamiento a nuevos territorios. Estar en contacto con lo desconocido, presenciar nuevos paisajes, habitar nuevas culturas, suspende los hábitos del pensamiento. Dejo de reducir la vida a solo información: solo estar vivo.


En la pintura defino el espacio desde el trazo intuitivo y corporal , el cuerpo no como tema sino como el lugar desde donde el mundo se experimenta antes de ser pensado , incorporando técnicas de caligrafía y pintura sumi-e aprendidas en Japón, integrando el claroscuro para sostener la tensión entre luz y sombra sin resolverla. Los colores son combinaciones que ya existen en la naturaleza y el paisaje. Mientras que en la instalación parto de lo que ya está materializado; los elementos son transformados para reconfigurar el espacio sensible. En ambas aproximaciones la obra no es una declaración sino un registro: vestigio de las condiciones en que fue creada.


La evidencia material expone nuestra humanidad en todo su espectro. La forma en que nos relacionamos con la materia se refleja en el trato con el cuerpo, con el medio ambiente, con todo lo que habitamos. La decadencia y la vitalidad, lo lleno y lo vacío, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte no se contradicen: se sostienen. Lo que me interesa no es resolver la tensión entre los opuestos sino habitarla. El arte tiene la capacidad de sostener esa paradoja. Mis obras operan desde ahí.


Concibo mis obras como campos abiertos. La presencia del otro las completa en el encuentro directo con la materia, donde el pensamiento se suspende y lo esencial se revela.